24 de octubre de 2026
El Porfiado

De la nanotecnología a la salud renal: el desarrollo argentino que revoluciona el monitoreo médico

24 de octubre de 2026 · 7 min de lectura
De la nanotecnología a la salud renal: el desarrollo argentino que revoluciona el monitoreo médico

Hablar de ciencia básica suele evocar tubos de ensayo, fórmulas indescifrables y años de encierro académico. Sin embargo, un desarrollo reciente —reconocido con el prestigioso Premio Fundación Bunge y Born 2026— no solo desafía las fronteras tradicionales de la química y la microelectrónica, sino que sienta las bases de una nueva generación de dispositivos biomédicos diseñados e impulsados desde la Argentina.

El Dr. Omar Azzaroni, investigador del CONICET y referente global en nanotecnología y bioelectrónica, repasa las claves de su trabajo al frente del Laboratorio de Materia Blanda del INIFTA (CONICET-UNLP). Del estudio de polímeros al desarrollo de un dispositivo portátil para pacientes renales, el científico platense analiza cómo la sinergia entre el sector académico, la medicina y el mundo de los negocios resulta fundamental para transformar el conocimiento básico en soluciones tecnológicas concretas.

¿Qué es la materia blanda?

—Cuando te preguntan en qué trabajás y hablás de “materia blanda”, lo primero que viene a la mente es una incógnita. ¿De qué se trata, exactamente?

—Típicamente, estamos acostumbrados a pensar el mundo material como algo rígido, donde las moléculas interactúan de forma muy intensa. Sin embargo, curiosamente, nuestro propio cuerpo es en un 95 % materia blanda. Esto significa que las fuerzas de interacción entre sus componentes son relativamente débiles, pero el carácter colectivo le da una singularidad diferencial.

Si te ponés a pensar, no son ni estrictamente sólidos ni líquidos rígidos. La materia blanda está constituida por los plásticos, los polímeros, el pulóver de lana o el saco de fibra sintética que llevamos puesto, las cremas cosméticas y los alimentos: la leche, el yogur o la mayonesa. Si mirás la mayonesa con una lupa potente, se ve que está formada por gotitas de aceite dispersas en otra matriz. No es un sólido, pero tampoco fluye como un líquido. Es un estado intermedio que nos rodea permanentemente.

—¿Cómo pasa esa ciencia sobre polímeros de la mesada del laboratorio a una aplicación concreta?

—Lo fascinante de la materia blanda es su versatilidad: la capacidad que nos da para diseñarla, manipularla y controlarla. En nuestro laboratorio del Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (INIFTA) del CONICET-UNLP, siempre trabajamos con la premisa de que la investigación básica trascienda las paredes del laboratorio.

Hace unos seis años, reparamos en un dato alarmante: en el mundo, hay una magnitud de pacientes renales equiparable a la de pacientes diabéticos, pero con una visibilidad mucho menor en la sociedad. Nos planteamos una lógica directa: si el diabético cuenta con un glucómetro para monitorear sus parámetros en casa e interactuar ágilmente con su médico, ¿por qué no ofrecerle la misma herramienta a un paciente renal y a su nefrólogo?

Del laboratorio al hospital: el nacimiento de Gisens Biotech.

—De esa premisa nació Gisens Biotech. ¿Cómo fue la recepción en el ecosistema de la salud y la innovación?

—La idea tuvo una resonancia inmediata. Creamos una startup de base tecnológica y recibimos la distinción Israel Innovation Awards de la Cámara de Comercio Argentino-Israelí. Muchas veces, los científicos creemos que lo que investigamos es lo más importante del mundo, pero al interactuar con los nefrólogos constatamos que la necesidad era real y urgente.

Hoy tenemos un dispositivo portátil de monitoreo renal validado clínicamente junto al equipo de Nefrología del Hospital San Martín de La Plata. Que en Argentina logremos esa gimnasia de ir de la ciencia básica al desarrollo, la empresa tecnológica y la validación en un hospital público nos llena de orgullo.

Trabajo en equipo y visión empresarial.

—Solés sostener que la ciencia ya no es una gesta individual. ¿Cómo se articula el equipo detrás de este desarrollo?

—A diferencia del siglo XIX, hoy el impacto científico lo generan los equipos multidisciplinarios. En el laboratorio conviven físicos, químicos, ingenieros y bioquímicos. Y para Gisens Biotech sumamos además a la gente del mundo de los negocios. A mí me influye mucho la idea de la antigua Biblioteca de Alejandría: un espacio donde sabios de diferentes culturas y visiones se sentaban a debatir e intercambiar opiniones.

Cuando dialogás con el ámbito empresarial, te sacan de la sofisticación intelectual académica y te ponen frente a la realidad: “Esto está fantástico, pero para que escale y llegue a la gente, hay que bajar los costos manteniendo la misma sensibilidad”. Adaptar una solución científica a las coordenadas del mundo real demanda una enorme cantidad de química, ingeniería y creatividad.

—Para quien no viene del mundo de la química, ¿cómo funciona internamente la bioelectrónica en este chip?

—Parece casi mágico, pero es ciencia pura: combinamos la materia blanda con la electrónica. Diseñamos moléculas capaces de reconocer de forma ultraespecífica otras moléculas (los biomarcadores de la enfermedad). Cuando ese fenómeno de reconocimiento ocurre sobre el chip, genera una señal eléctrica que el dispositivo procesa, amplifica y traduce en un valor numérico legible para el médico. Es, literalmente, un laboratorio miniaturizado en la palma de la mano.

—¿Por qué creés que una herramienta así no se desarrolló antes en el mercado global?

—Porque la innovación es fuertemente no lineal. Suelo citar el ejemplo de la valija con ruedas: la rueda se inventó hace 4000 años y la valija moderna en el siglo XIX, pero la patente de la valija con ruedas recién surgió en los años 70. Pasaron más de cien años para que a alguien se le ocurriera unirlas, y al principio hasta tuvo resistencia comercial por prejuicios culturales.

Nosotros aplicamos el efecto Lindy: tomamos una tecnología cuyo concepto ya probó su valía durante 50 años —el glucómetro— y la adaptamos a la salud renal. Toda la complejidad conceptual la absorbemos nosotros en el diseño del sensor para que al paciente le resulte un proceso simple, rápido y portátil.

Nuevas fronteras científicas.

—¿Qué otras fronteras buscan explorar a futuro con esta plataforma biomédica?

—No imponemos soluciones; escuchamos las demandas de la comunidad médica. Actualmente, trabajamos en proyectos para la detección digital de hepatitis E —una problemática presente en el norte argentino— y en biomarcadores para afecciones cardíacas.

Además, nos interesa fuertemente el campo de FemTech (salud femenina). La medicina tradicional suele trabajar con parámetros universales, pero el seguimiento de indicadores hormonales y metabólicos en mujeres —por ejemplo, durante la perimenopausia— exige herramientas de tamizado rápido. Cada patología nos desafía a rearmar la matriz: no solo cambia la molécula por censar, sino el fluido biológico sobre el cual se trabaja (sangre, saliva, orina o flujo menstrual).

—Tras este recorrido entre la academia y la transferencia tecnológica, ¿qué mensaje les dejás a las nuevas generaciones de investigadores?

—En el siglo XXI, la ciencia básica toma un volumen completamente diferente cuando se proyecta hacia la sociedad. El viaje que va de la mesada del laboratorio a un producto no es simplemente “maquillar” una idea para venderla; implica resolver desafíos académicos e intelectuales de enorme altura. Romper los moldes, dialogar con otras disciplinas y adaptar lo que uno piensa a la realidad es un proceso exigente pero apasionante y profundamente enriquecedor.

Redacción: Nova Comunicaciones

Sociedad
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